Un sueño hecho realidad

Todos tenemos sueños, pero no hay nada más gratificante que ver cómo estos un día se hacen realidad. Esto es lo que ha pasado con Ginvile en este viaje, quien hace algunos años, cuando estaba en la sección de Marruecos de Disney World, quedó tan encantada con la imitación que vio en este parque temático, que se marcó la versión real de la misma como uno de sus destinos imprescindibles para visitar al menos una vez en la vida, y que a día de hoy ya puede decir que ha experimentado la cultura marroquí en toda su esencia en varias regiones del país y a través de muchas de sus distintas atracciones turísticas, arquitectónicas, culinarias... 

Desde mi punto de vista, la mejor manera de vivir este tipo de experiencias es en solitario, porque nadie más que uno mismo sabe lo que espera de su sueño, porque un sueño hay que vivirlo al 100% sin restricciones de ningún tipo, y porque tal vez la persona que tengamos a nuestro lado no sepa comprender el por qué ciertas cosas despiertan nuestro interés... Por la razón que sea, Ginvile ha querido compartir esta aventura conmigo, algo de lo que me siento afortunado, pues uno no tiene la oportunidad de ser parte de un sueño todos los días, y es tan bonito cumplirlo como ayudar a que otra persona vea como se hace realidad.

En Marruecos ya había estado una primera vez, pero la situación era bien distinta, pues en esa ocasión mis días en Marrakech eran parte de un gran proyecto deportivo personal que, si todo va bien, me llevará a completar al menos una maratón en cada uno de los siete continentes de mundo. Esta segunda experiencia me llevaría a recorrer buena parte de los rincones de un país lleno de contrastes: la aglomeración de turistas y las trampas comerciales de Marrakech, el paso de la gran cadena montañosa del Atlas a través del puerto de Tizi n'Tichka, el Valle del Dades con sus impresionantes palmerales situados entre kilómetros y kilómetros de áridas montañas, la ruta de las mil kasbahs que con sus peculiares edificaciones y por su material de construcción se mimetizan de tal manera con el paisaje que a veces cuesta verlas, la tonalidad azul de las calles y fachadas de Chefchaouen, la increíble panorámica y el desagradable olor de los curtidores de pieles de Fez... 


Sin embargo, de entre todos los lugares que hemos visitado, yo experimenté una autentica experiencia personal en el desierto Erg Chebbi, al que llegamos desde Merzouga en el segundo de los tres días de excursión organizada que contratamos a través de nuestro riad en Marrakech, y que contaba como atracción principal el viaje hacia el interior del desierto hasta un poblado berebere en el que pasaríamos la noche en haimas. La tarde-noche fue muy especial para mi, porque fue como revivir en primera persona las páginas centrales de la aventura de Santiago en El Alquimista de Paulo Coelho, mi libro favorito: el trayecto en camello, el silencio y los cambios de tonalidades del desierto, una puesta de sol en medio de la nada, una noche oscura pero totalmente inundada de estrellas, la conversación con el chico berebere en lo alto de la duna..., y la indescriptible sensación de estar viviendo todo esto junto a la persona que cada vez está entrando más en mi mundo, es algo que cuesta explicar con palabras. Un momento insuperable.


Once han sido los días que ha durado esta aventura, once días que han tenido de todo: situaciones divertidas y momentos de estrés, entendimiento y confusión, días en que todo nos era favorable y días en que peor no podían salir las cosas... Yo siempre he pensado que un viaje es como una vida vivida en unos cuantos días en la que hay que aprovechar al máximo cada buena oportunidad que se presenta para poder afrontar con las máximas energías los obstáculos que siempre aparecen en toda gran aventura. La experiencia sigue siendo positiva, y viajar en buena compañía es más interesante que hacerlo en solitario...

Martes, 9 de Abril de 2013