De alguna manera el destino tenía que hacer que conociera los Estados Unidos de América, y la ocasión ha llegado equipada con zapatillas de deporte y vestida de 'maratoneta'. Cuando hace unos meses me fue adjudicado uno de los dorsales para participar en la maratón de Chicago, ese mismo día había empezado mi particular sueño americano.
Hasta no hace mucho, cuando pensaba en el país del tío Sam, me veía en Nueva York o en alguna de las ciudades importantes de California. Sin embargo, esos lugares van a tener que esperar su turno porque este era el momento de un destino que no entraba en mis planes, y que por suerte en este viaje he tenido la oportunidad de exprimir al máximo hasta donde el tiempo y la economía me han permitido.
Chicago es para muchos la segunda ciudad en importancia de los Estados Unidos, solo por detrás de Nueva York. Es una metrópoli espectacular con atracciones para todos los gustos. Un paseo por sus calles y avenidas más importantes, especialmente en The Loop y a lo largo de The Mangificient Mile, donde quedan concentrados buena parte de los rascacielos de la ciudad que los dio a conocer al mundo, hace inevitable dirigir la mirada hacia lo alto, sacar la cámara de fotos y darse cuenta que no hay suficiente zoom para todo lo que nos gustaría dejar inmortalizado para el recuerdo.
Una de las joyas de la antigua ciudad de Al Capone es Millenium Park, con algunas estructuras tan singulares como Crown Fountain, una fuente interactiva con imágenes de chicagoenses que cada cierto tiempo lanza agua a chorro a través de la boca de las caras que aparecen en esta videoescultura; el escenario para conciertos al aire libre Jay Pritzker Pavillion; y sobretodo, The Bean, la que más me llama la atención, donde queda reflejado y deformado según la perpectiva, el skyline que rodea este original parque.
Aunque parezca mentira y pese a las nevadas que suele haber en invierno, Chicago es también un destino donde se puede disfrutar de la playa, pero con la peculiaridad que no es agua salada la que baña sus costas, sino agua dulce, pues se encuentra junto al lago Michigan, quinto en superficie del mundo, y que constituye uno de los elementos favoritos por los turistas, pues es punto de partida de numerosos tours en barco que desde Navy Pier se adentran en la ciudad a través del río Chicago. Es en esta zona junto al lago donde queda concentrada buena parte del total de actividades deportivas al aire libre de la ciudad, con millas y millas de calzada en perfecto estado que comparten patinadores, ciclistas y corredores, gran cantidad de parques y zonas verdes, así como cuidadas playas de arena blanca donde en las épocas de buena temperatura, como la que he tenido la suerte de vivir estos días, se puede disfrutar de típicos deportes de verano como beach volley, darse un chapuzón o simplemente tumbarse a tomar el sol.
Han sido seis fantásticos días en esta ciudad espectacular que no ha dejado de sorprenderme a cada momento que he salido a la calle a explorarla y que ha pasado a contar con un lugar especial en mi lista de destinos preferidos, una ciudad que por los elevadisimos precios de las entradas no me ha permitido disfrutar del deporte americano por excelencia en el partido que enfrentaba a los Bears contra los New York Patriots, ni de los Bulls al no haber comenzado todavía la NBA, pero que sin embargo me ha permitido ser protagonista activo de uno de sus eventos anuales más importantes como es la maratón.
No será esta la última vez que visite los Estados Unidos, pues quiero que Sam me siga sorprendiendo tan gratamente como lo ha hecho con Chicago con otros fantásticos lugares de su querido país.
Domingo, 13 de octubre de 2013